Cuando fuimos la ínsula Barataria
La autoinculpación de Estevill
le otorga un triste plus de credibilidad
Los testimonios vertidos ante el tribunal que juzga, entre
otros, al ex juez Pascual Estevill y al abogado Piqué
Vidal, no aportan novedades sustanciales en relación a lo ya publicado por los
medios de comunicación, pero revelan una situación de corrupción y sensación de
impunidad muy propias de una época y de un país determinados.
Esta historia rezuma el compadreo criminal típico de la seguridad que da la sensación de impunidad
Juan
María Hernández Puértolas - 19/09/2004
El término procede, por supuesto de El Quijote, pero su polémica aplicación a
Catalunya fue acuñada por un político, Josep Maria Trias
de Bes, cuya carrera pública comenzó a descarrilar a
raíz de la inoportuna pérdida en un coche de un maletín con unos cuantos
millones de pesetas.
En todo caso, es evidente que la sordidez y la picaresca que emanan de las
declaraciones que se producen en el tribunal de Barcelona donde se juzga al ex
juez Lluís Pascual Estevill y al abogado en ejercicio
Joan Piqué Vidal son propias no ya de la ínsula Barataria,
que también, sino de los bajos fondos marselleses o sicilianos.
Evidentemente, habrá que esperar al final del juicio, pero la autoinculpación
de Estevill posee un triste plus de credibilidad. Su
testimonio es la historia de un juez y de un abogado que conspiraron –más
correcto sería decir que se conchabaron– para extorsionar a una serie de
empresarios y directivos. Objetivamente, la mayor responsabilidad recae sobre
el juez, porque pocos delitos pueden ser tan despreciables como lucrarse con
fallos de prisión preventiva tan arbitrariamente emitidos como las posteriores
excarcelaciones. Pero, en caso de probarse cierto el esquema denunciado por Estevill, la rapacidad de Piqué Vidal, otrora primer
penalista de Barcelona, no conocería límites. En efecto, el letrado habría
cobrado por partida doble, a través de las minutas que cobró de sus
despavoridos clientes y compartiendo con el juez los frutos de la extorsión,
naturalmente en dinero negro.
A la historia no le falta ni el muerto en la tumba –Luis Magaña, ex presidente
de Fecsa–, ni el muerto en vida, el temible abogado
Juan Vives Rodríguez de la Hinojosa, pero, sobre todo, rezuma
el compadreo criminal propio de la impunidad, del que sabe que no pasará nada
porque nunca ha pasado nada.
La explicación más piadosa de que este indeseable arribara al Consejo General
del Poder Judicial es que Convergència i Unió, que
fue quien lo propuso, pagó ese peaje para alejarlo de Catalunya.
La Vanguardia, 24 de Septiembre de 2004