"El teléfono móvil ha hecho el tiempo
elástico
Hasta ahora, la excusa clásica para llegar tarde a una
cita era el tráfico. “Perdona, chico (o chica), pero he tardado una hora en
llegar. El tráfico está imposible”. Y como, en efecto, el tráfico se ha puesto
imposible en todas las ciudades a todas horas, no había más remedio que
aceptarlo, aún sabiendo que hay un método infalible para llegar en punto: salir
antes. Últimamente, sin embargo, el énfasis de los retrasos se está desplazando
hacia los teléfonos móviles. No es que la gente les eche la culpa de la
tardanza. Es que ha encontrado en ellos la fórmula para aparentar que llega
antes de haber llegado. Una llamada al móvil de la persona con quien hemos quedado
para decirle: “Estoy en camino, no te preocupes si me retraso un poco”, se ha
convertido en la mejor de las disculpas para no llegar en punto. Quienes más lo
sufren, sin embargo, son los restaurantes, que reciben casi tantas llamadas de
reserva de mesas como de “Soy fulanito, voy a llegar un poco retrasado”. El
teléfono móvil ha hecho el tiempo blando, como en los relojes de Dalí o, si lo
quieren, elástico, pues las dos ya no suelen ser las dos, sino las dos y media
o incluso las tres.
James E. Kartz, profesor de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de
Rutgers, que ha estudiado el comportamiento de los usuarios de móviles, esto
es, la inmensa mayoría de la población en los países desarrollados, asegura que
buena parte de ella empieza a no distinguir el contacto personal con el
inalámbrico, provocando una necesidad de “contacto continuo”. Algo que podemos
contemplar a diario por la calle, con la gente cruzando con luz roja sin dejar
de hablar por teléfono. Louis F. Cohen, un psicoanalista neoyorquino, cuenta
cómo una de sus pacientes combate sus ansiedades con el móvil. “Nada más salir
de casa le entran unas ganas irresistibles de sacarlo y ponerse a hablar con el
primer conocido que se le ocurre. En el ascensor no lo utiliza, pero sí en el taxi,
pues está convencida de que los taxistas, recién emigrados la mayoría, no la
entienden. Luego, en la acera de nuevo, continúa su conversación hasta llegar a
su destino. Le alivia, le distrae, le permite relacionarse sin entrar realmente
en intimidades. En cierto sentido, el móvil está haciendo de terapia
psicológica para muchos habitantes de las grandes ciudades”.
Volviendo a su uso como coartada para llegar
tarde, está tan extendido que algunos parvularios han tenido que establecer
multas de hasta 50 dólares por la primera media hora de retraso en recoger a
los críos, dado que las mamás lo empezaban a adoptar como costumbre, mientras
algunos restaurantes han tomado medidas aún más severas: sencillamente, no
admitir reservas, y el que llega primero se sienta y el que llega con todas las
mesas ocupadas tiene que esperar. “Estaba harto –dice el mâitre del Mermaid
Inn, uno de los restaurantes de moda en Manhattan– de tener gente esperando,
con mesas vacías de clientes que me habían telefoneado para decirme que estaban
en camino”. ¿Ocurre también en Madrid y Barcelona? Me imagino, pero les dejo
porque me llaman por el móvil.
José María Carrascal
Metro Madrid 14 de noviembre de 2003
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