La vida aparte de Henry
y Anaïs
Célebres parejas del siglo XX
se anticiparon a su época con una nueva visión del amor
MARICEL
CHAVARRÍA - 04/01/2004
Barcelona
A lo largo del siglo XX, una serie de mujeres que brillaron con luz propia en
las artes y las letras, dominadas hasta entonces por hombres, encontraron su
propia fórmula para estar en el mundo sin renunciar ni a sí mismas ni a la
plenitud amorosa, algo que para el sexo opuesto no había sido una gran hazaña.
Escritoras como Virginia Woolf, Anaïs Nin o Simone de Beauvoir amaron a hombres
creativos e inteligentes y mantuvieron con ellos relaciones que transgredían lo
establecido por las costumbres y el pensamiento de su época. Junto a ellas,
Leonard Woolf, Henry Miller y el existencialista Jean Paul Sartre ofrecieron
una visión nueva de las formas en que podía vivirse el amor y evidenciaron la
mutua necesidad de preservar la independencia y la individualidad.
Los Woolf se casaron en 1912. Virginia accedió asegurándose una habitación
propia y advirtiendo a Leonard que no sentía ninguna “atracción física” por él,
sin bien señalaba amarlo de la “mejor manera posible”. Por su parte, Sartre y
Simone de Beauvoir basaron su relación en la honestidad y la libertad. Cada uno
poseía su independencia económica, sentimental y sexual: no se casan, no viven
juntos y no tienen hijos, si bien establecen en ocasiones pactos que admiten
separaciones, pero no largos viajes en solitario. Anaïs Nin, aun estando casada
–y obsesionada por la figura de su padre, Joaquim–, se convirtió en amante de
Henry Miller y mantuvo una relación triangular junto a la mujer de éste, June
Mansfield.
Todas ellas establecen las bases de los movimientos feministas. “El segundo sexo”
de Beauvoir es fundador del feminismo contemporáneo, y la apuesta de Nin por la
liberación sexual la convierte en pionera de la literatura femenina sin
inhibiciones y de toda la literatura erótica: desde el lesbianismo hasta el
adulterio y el incesto. Amiga, amante y benefactora de Miller, el bohemio
americano que vive de casa en casa en París hasta conocerla a ella, acaba
convertida, junto a él, en personaje de su propio mundo. Su relación epistolar
–de dos décadas– revela aspectos íntimos de su fecundo idilio. Les une
literariamente el erotismo: Miller lo aborda desde la crueldad, como
consecuencia –dice– del ejercicio desbocado del amor, mientras Nin lo cubre con
velos de misterio.
Sartre y Beauvoir, por su parte, basan su relación en el entendimiento
intelectual. “El infierno son los otros”, escribe él mientras Simone revela que
el otro que encontró en Sartre es su mayor bendición. “No nos juramos
fidelidad, pero nos sabíamos el ser más importante para el otro”, afirmaba
quien de hecho soportó la diversidad seductora de Sartre a cambio de oírle
decir que el amor entre ambos era “necesario”. “Lo que nos ligaba nos
desligaba, y por ese desligamiento nos encontrábamos ligados en lo más profundo
de nosotros”, decía. Sartre mantuvo romances con mujeres cada vez más jóvenes,
algo que ella entendía como una incapacidad para aceptar la madurez.
Su historia de entrega sin condiciones marcó el siglo en la lucha por el
respeto y la libertad individual. Cuando tras la Segunda Guerra Mundial se
desatan odios contra Sartre, los sectores más conservadores censuran a Simone
el hecho de haber rechazado el matrimonio y la maternidad. Ella se queja de que
no se le reprocha lo mismo que a Sartre.
La Vanguardia 4 de enero de 2004