Los logos y los legos
Este domingo, "The New York Times" publicaba la noticia de que el Museo de Arte Moderno de la ciudad modificará próximamente su logotipo. El museo (conocido hoy ya casi exclusivamente por la abreviatura MoMA, de Museum of Modern Art) ha decidido limpiar su viejo logo y para ello ha contratado a uno de los mejores tipógrafos de la actualidad, Matthew Carter, que ha rediseñado las cabeceras de "The Washington Post", "National Geographic"... "The New York Times" explica que el museo era conocido como MOMA –con todas las letras en mayúsculas– hasta que, en el verano de 1966, su director rumió que quizá sería buena idea poner la o en minúscula. La idea era atrevida, muy en el espíritu del momento. Recordemos que, aquí, por la misma época apareció el diario "Tele/eXprés", de logotipo rompedor, con una barra inaudita y la equis en mayúscula. En el caso del MoMA la idea fue bien aceptada pero su uso tardó casi dos décadas –hasta mediados los ochenta– en generalizarse.
Lo mejor es que, tras ocho meses de estudios, el tipógrafo ha presentado un logotipo que a un profano le costará distinguir del actual, y eso si se fija. El tipo de letra sigue siendo el mismo: Franklin Gothic del número 2. Sólo que los caracteres aparecen ligerísimamente más separados. Quizá la elipse central de la o es más aireada, y quizá las axilas de las emes son más puntiagudas... Nada que un lego perciba conscientemente. La frase con la que el actual director del MoMA, Glen Lowry, resume al periodista Andrew Blum el impacto que esperan conseguir es ejemplar: "Si realmente tenemos éxito, la gente ni se dará cuenta de la diferencia".
Acostumbrados a dirigentes que lo primero que hacen al llegar al poder es tirar a la papelera los símbolos que había hasta el momento y encargar unos nuevos para que quede constancia de su poderío de nuevos ricos, la frase de Lowry resulta admirable. Algo parecido sucedió con la bandera de Italia hace unos meses. El año pasado el Gobierno italiano decidió definir con exactitud los tonos de Pantone de la bandera. Hizo el verde ligeramente más oscuro, el rojo más rubí y al blanco le dio un punto de marfil. Apenas nadie se dio cuenta hasta abril de este año, cuando algunos líderes de la oposición clamaron en contra del "golpe de Estado estético"; pero, cuando vieron que nadie les hacía caso, callaron. ¿Recuerdan en cambio la abominable cantidad de modificaciones a las que Telefónica sometió su logo en pocos años? El lastimoso caso de la bandera de Barcelona no hay ni que recordarlo, porque aún colea. ¿Y los partidos en liza? Primero el PSC y luego CiU han presentado nuevos logotipos en estos últimos tiempos. En cualquier caso, la consigna es siempre la misma: que se note el cambio, ¡que se vea que nos invaden aires de renovación!
Para muchos de nuestros prohombres los símbolos son de quita y pon, que se arrinconan cuando conviene, no un patrimonio que, con adaptaciones casi imperceptibles, les liga con el pasado. Quizá porque lo que menos les interesa es que los relacionen con determinados patrimonios. En cambio, los italianos modifican su bandera y el MOMA su logo y, en ambos casos, el mayor triunfo es que sólo cuatro se aperciban: "Si realmente tenemos éxito, la gente ni se dará cuenta de la diferencia".
QUIM MONZÓ - 24/09/2003
La Vanguardia, miércoles 24 de septiembre 2003