Ni casados ni bajo el mismo techo
Las parejas que no comparten vivienda imponen un nuevo tipo de relación

UNA REVISIÓN DE LOS MODELOS DE CONVIVENCIA

El estilo de pareja que no sólo no se casa sino que ni siquiera comparte vivienda se afianza: es la fórmula que en el ámbito anglosajón llaman “living apart together” (LAT)

“¿Qué acaba con el amor? ¿La rutina? ¿El cuarto de baño? Pues eliminémoslos

La irrupción ahora de esta forma de relación podría deberse a que sus practicantes están “saliendo del armario

MARICEL CHAVARRÍA - 04/01/2004

Barcelona. – Esta es una época de cambios vertiginosos marcada por una inédita pluralidad de estructuras sociales en Occidente, donde los tipos de familia, y más si cabe los estilos de vida, no dejan de multiplicarse. La modernización del ente familiar, un fenómeno que atañe a toda Europa y que implica separaciones y divorcios, ha dado lugar a más familias monoparentales, dobles, reconstituidas... y demás conceptos que la sociología se afana en definir. Asimismo, la evolución de las parejas de hecho revela que ya se acepta socialmente tanto la convivencia como la fecundidad no matrimonial. Está claro, pues, que existe una búsqueda de vías satisfactorias de convivencia que cuestionan por obsoletas las estructuras tradicionales, de modo que a la lista de parejas no convencionales (las que no desean hijos, las que buscan adoptar, las de homosexuales, las sucesivas...) se suma otra fórmula de creciente arraigo que en el ámbito anglosajón se ha dado en llamar “living apart together” (“vivir juntos por separado”) o por sus siglas en inglés: LAT.

Los partidarios del LAT son parejas que no sólo no se casan sino que ni siquiera comparten vivienda. ¿Qué acaba con el amor?, se preguntan. “¿Es lo cotidiano? ¿Es el cuarto de baño? Pues eliminémoslos”, responde Santiago, un barcelonés de 34 años para quien es imprescindible conservar el misterio en la relación amorosa. “Es cosa de dos y no de familia, el amor debe permanecer en el anonimato”, dice, atrincherado en el piso en el que vive solo y sabiendo que su postura puede generar desconfianza. ¿Se trata, entonces, de preservarlo del devastador roce cotidiano? Los expertos aplauden este argumento, pero temen que los motivos sean más crueles: el desencanto de la vida a dúo que las nuevas exigencias femeninas traen consigo, o bien el clásico temor al compromiso o la defensa de la propia independencia. En todo caso, la oferta de posibilidades determina que las normas de convivencia sean, al fin, de poca estabilidad.

“El estereotipo cultural de la pareja tradicional aboca al individuo a una pérdida del propio ser, a volcarse en el otro –señala la psicóloga Paula Sardelli–, con lo que no es raro que una sociedad con tendencia al individualismo vea surgir una fórmula que permita velar por la intimidad del yo. El problema aparece cuando, por no caer en sentirse propiedad de nadie, el individuo se centra en sí mismo y no asume compromisos contrarios a su libertad ni tampoco renuncias que luego puedan convertirse en reproches.”

Los puntos a favor del modelo LAT no son pocos. Sardelli destaca entre ellos el hecho de poder llevar la relación con pleno respeto ajeno, evitando la dependencia y los apegos. Y enumera dos factores positivos más: la constante novedad en la seducción, la sexualidad, la diversión... y el riesgo de perder al ser amado, que conlleva un esfuerzo por mantenerlo enamorado. “Claro está que el LAT puede ser el ‘modus vivendi’ de alguien con capacidad de querer o de alguien calculador, que se relaciona así queriéndose más a sí mismo y aun sabiendo que la relación no tiene futuro”, concluye Sardelli.

La cuestión es que la fórmula “tú en tu casa y yo en la mía” ya no se considera una extravagancia propia de poetas y vedettes. A estas alturas, es una opción pragmática que resuelve el desenlace sentimental de generaciones educadas en el individualismo. Y aunque es un fenómeno incipiente y complejo en su estudio –más aun que las parejas de hecho–, se conoce, por ejemplo, que un 10% de canadienses lo practica, si bien esta estadística incluye a veinteañeros por emancipar. Los que han cumplido los 30 son, en el primer mundo, quienes más ejercen el LAT, seguidos de cerca por los que están en los cuarenta y tantos y no muy alejados de los que rondan los 50 o más. No es raro, pues, que Francia registre un 10% de hombres nacidos después de 1970 que jamás han convivido en pareja.

“Este fenómeno es emergente, pero no marcará una línea clara de comportamiento ni afectará a más de una minoría”, sostiene el sociólogo Salvador Cardús. Los técnicos consideran que es una convivencia condicionada por una situación económica, profesional, cultural y de estilo de vida que no pertenece a la mayoría. Sin embargo, Sardelli afirma que quien apuesta por el LAT adapta su economía: “Un materialista no practica el LAT”.

Cardús, por su parte, insiste en que “no sabemos si este grupo que mantiene una convivencia no convencional ya existía antes pero no lo expresaba para evitar un rechazo social o un disgusto a la familia. La novedad estribaría, pues, en la transparencia”. Una transparencia que se traduce en confusión a la hora de establecer censos. “Esta relación se caracteriza por la inestabilidad y no queda registrada. Es en un mundo incierto, sí –apostilla Cardús–, en el que afortunadamente los sistemas de control estatal lo tienen más difícil.”

En cuanto a las probabilidades de felicidad, Cardús opina que el LAT no la garantiza y que ni siquiera elimina las relaciones de conveniencia. “Puede mantenerse este modelo por no estar solo o por tener compañía los fines de semana y ser una relación igual de frustrante de la que, llegado el momento, no te sepas desentender. Gestionamos igual de mal o igual de bien todos los modelos de convivencia”, asegura.

“Esto obedece a que la pérdida del otro se vive como una desubicación en un mundo hecho para las parejas”, añade Sardelli. “Por otra parte, quienes sufren miedo al mundo de las emociones y se acogen a este modelo desprestigian el LAT. Son fríos, calculadores, sin capacidad afectiva y a veces cogen el tren que pasa por si acaso es el último. Los auténticos LAT, en cambio, han llegado a descubrirse a sí mismos y no quieren renunciar a este yo. Si este descubrimiento se produce a los 40 o 50 años, es lógico que quieran saborear la vida y no pillarse los dedos de nuevo con el usual exceso de confianza, que se convierte al final en abuso.”

La Vanguardia 4 de enero de 2004

 

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