Oído, barra

ES SABIDO QUE, a menudo, los creadores se sienten injustamente tratados por los críticos

LA VANGUARDIA - 02/01/2004
QUIM MONZÓ



Un restaurante neoyorquino ha presentado ante el Tribunal Supremo de Manhattan una demanda contra una publicación gastronómica. El motivo es una crítica negativa. El restaurante se llama Lucky Cheng's, está en el East Village y uno de sus alicientes –que atrae por igual a turistas y a famosillos– es el de tener camareros travestís, un toque que ya hace años que se da en bares y restaurantes del mundo entero. Tiempo atrás estuve en uno de Berlín en el que, de cintura para arriba, los camareros vestían de esmoquin y, en cambio, lucían sus impresionantes piernas en panties de malla y calzaban zapatos de tacón alto.

La revista demandada se llama “Zegat Survey” y los del Lucky Cheng's piden una compensación por los perjuicios causados. Según la agencia Reuters, son diez millones de dólares, más 30.000 dólares por cada semana desde que la crítica apareció; y fue en octubre. Alegan que la critica fue escrita “con falsedad, y establece que la calidad de la comida, de la bebida, del servicio y de los camareros –así como la higiene del local– están bajo mínimos y son indignos de los clientes”.

Nos encontramos con un criticado que demanda al crítico por una crítica que le causa un perjuicio. Pero, ¿qué critica negativa no causa perjuicios? Acabe como acabe, el juicio sentará un precedente que se tendrá en cuenta en litigios futuros. Desde tiempo inmemorial es conocida la mala relación de los creadores con los críticos y cómo, a menudo, se sienten injustamente tratados por éstos. Sentimiento que ha generado frases memorables, desde la de Jean Sibelius (“No te preocupes por lo que digan los críticos; a ningún crítico le han levantado nunca una estatua”) hasta la de Christopher Hampton (“Preguntarle a un escritor qué piensa de los críticos es como preguntarle a un farol qué siente ante los perros”). Es gracias a su narcisismo herido que artistas que en condiciones normales se matarían entre ellos crean un frente común. Músicos, dramaturgos, narradores, cineastas, poetas, actores –y, según se ve, también restauradores–, todos sienten en lo más íntimo de sus torturados seres el aguijón de una crítica negativa. La visión que Guillermo Cabrera Infante tiene del asunto es bastante menos amarga y mucho más irónica: según él, hay críticos buenos y hay críticos malos; los buenos son los que te dejan bien, los malos son los que te ponen por los suelos.

Pero la visión de Cabrera Infante es en cierta forma inocente, previa a este mundo donde los abogados son dioses, donde nada es gratuito, donde –aunque no seas consciente de ello– cada paso que das, por banal que parezca, puede costarte la ruina, como al protagonista de aquella novela de Milan Kundera, “La broma”, cuya vida cambia en un instante por un simple chiste. Y digo esto porque sé de bastantes músicos, dramaturgos, narradores, cineastas, poetas, actores e incluso restauradores que si no han leído ya en algún otro lado esta noticia, hoy la recortarán y la conservarán en un lugar preferencial: en una carpeta, en el corcho que tienen frente al escritorio, junto a las recetas de las deconstrucciones... A la primera oportunidad que se les presente –la primera mañana que una crítica negativa los deje de vuelta y media– la releerán y durante un rato fantasearán con hacer exactamente lo mismo. Pero enseguida decidirán que no, mientras fingen pensar para sus adentros: “No vale la pena. Sería darle importancia. Eso es lo que ese crítico querría, que le demandase... A mí, críticas así no me afectan”.

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